lunes, 30 de diciembre de 2013

El primer consejo

Me encuentro a mi mismo en un abismo tan oscuro que cuando pongo mis manos frente a mi nariz lo único que mis ojos pueden distinguir es nada. Un abismo en el que se ha esfumado la sensación de caída para dar lugar a un vértigo estático impulsado desde las tinieblas.

Me veo a mi mismo reflejado en la oscuridad y reconozco siluetas que se parecen a quien yo era hace tiempo pero que ahora no me representan, me asfixio con cientos de ideas que quisiera expresar para las cuales aún no se han inventado palabras y me siento atado por los mismos tendones de una existencia que ya no me pertenece, completamente entregado a una nada a la que anteriormente no quería enfrentarme pero que ahora se ha vuelto en el pilar de la existencia de cada parte de mi alma.
He perdido la credibilidad de la razón y de la verdad, todo lo que consideraba cierto ha mutado hasta convertirse en el antagonista de mi historia, todo lo que en su lugar fue amado es ahora un peligro contra el cual no estoy dispuesto a luchar, ni siquiera a verle de frente. No por debilidad lo menciono, mucho menos por cobardía, sino por el cuidado de mi propia vida.
Esta historia comienza más o menos cuando cumplo veintidós años, cuando aún veía de frente y mi pecho se llenaba de sentimientos de gozo y esperanza, de incertidumbre azucarada. Conocí a una chica ordinaria, estatura promedio, ojos ni muy claros ni muy oscuros, labios delgados, delgada, anteojos de pasta, suéteres aburridos y una mochila guinda cargada de libros.
Comenzaba la primavera y para ese entonces, el año me había carcomido las ganas de ser feliz, básicamente por el hecho de que ya nada en el mundo me sorprendía, ni siquiera esta chica a la que nombraré Amargura.
Al conocerla pensé que lo único que valdría la pena sería tomar ese café antes de que comenzara el entrenamiento de Kendo, terminar rápido con el vaso y apurarme para tener tiempo de platicar con mis compañeros de práctica. No sé realmente lo que me hizo quedarme platicando más de lo planeado con esta chica, podría ser su sonrisa increíble o lo bien que me sentía compartiendo como todas mis relacionas pasadas habían sido un fracaso, tema al que ella también aportó con sus propios infortunios.
Nos vimos el viernes próximo, yo tenía una botella de bourbon (la cual le pertenecía también a un amigo quien había pagado la mitad de su precio) y le invité a tomar un trago mientras estábamos en la universidad. Más tarde salimos con unos amigos míos -escena que evitaré porque nada relevante pasó en la noche- y al llevarla a casa, detenidos en un semáforo antes de nuestro destino, me besó como nunca nadie lo había hecho en mi vida. He ahí la maldición.

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