miércoles, 26 de febrero de 2014

Sobre un sueño

Ayer soñé contigo, usabas aquella blusa negra que te hacía ver tan guapa, tus lentes de pasta, los jeans que te encantaban y el par de tenis blancos que se habían vuelto grises por tanta suciedad. Te veías bien, aunque algo incómoda con mi presencia. Yo estaba en tu mesa, había sido invitado a cenar o a comer, no recuerdo haber visto el reloj. No recuerdo tampoco qué comimos, ni siquiera la plática familiar que tuvimos, solamente recuerdo el libro que me diste. Era un libro que al ser abierto, el contenido se volvía ilegible, solamente recuerdo que tenía fotografías de algunas situaciones que habíamos compartido, no era un álbum de fotos, pues las fotografías venían impresas sobre el papel como si alguien hubiera escrito sobre nosotros, como si realmente nuestra historia fuera tan importante como para que debiera ser leída por otros.

Yo estaba molesto, ver estas fotografías en papel y ver tus ojos llenos de angustia y nostalgia, al mismo tiempo que el ritmo de tu respiración representaba desprendimiento definitivo, los suspiros largos y la mirada perdida en las mismas imágenes que yo veía. En ese momento no entendí porque te fuiste si te había dolido tanto.

Salí molesto de tu casa, no sé realmente por qué. Tu hermano, tu madre y tu hermana no me decían nada, solamente me veían con condescendencia, "¡qué ardan!", yo pensé. No entendía esta lástima que todos ellos sentían por mi, ni la nostalgia en tu rostro, ni la ira en mi pecho. Bajé hasta el último escalón de la escalinata que lleva a tu casa, me senté a ver mis manos, a preguntarme qué habías hecho y qué había hecho yo, ¿por qué cargaba un libro con nuestra historia, nuestro viaje, nuestras películas, nuestros platillos que cocinamos juntos?

Entonces alguien se acercó a mi, era un amigo (no puedo recordar quién), y me ha dicho que nunca más debería regresar a ese sitio, que enterrara ese libro entre tierra y cemento, que dejara la ira en ese último escalón de la escalinata que lleva a tu casa.

Entonces desperté.

Seguías sin estar ahí, seguía la misma historia que nos separó, solamente que algo había dejado en el sueño, sobre ese escalón de la escalinata que lleva a tu casa. Eras tú enterrada entre tierra y cemento, era un viaje, recetas de platillos que cocinamos juntos y aquellas películas con las que reímos juntos. Esa ira se había quedado detrás de tu reja roja, donde pertenece.

Entonces sonreí.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Los sueños realizados

"No importa la manera, todos estamos cayendo", le he dicho mientras escurrían lágrimas por mis mejillas. Aquella noche había sido nada más que calma, después de los días anteriores llenos de accidentes y turbulencias que habían dejado estragos en lo más profundo de la conciencia y en las cortaduras de las manos, nunca más volvería a ser el mismo pues ver a la muerte de frente y afrontarla con el pecho erguido es una tarea que no todos están dispuestos a realizar. Tarea sin sentido alguno más que el sentirse más vivo que nunca, cerca del precipicio, con una mano sujetándose a la vida y el resto del cuerpo balanceándose sobre la muerte.

Después de su partida pienso solo en lo que se ha quedado de ella, unos retratos, unos dibujos, arrugas en las sábanas, menos pasta dental, menos frutas en el frutero, menos galletas, una almohada volteada, unas manos vacías, una mirada perdida, una espalda sin abrazos, un libro extranjero, una silla fuera de su sitio. Después de todo sigue aquí sin estarlo, la veo en la oscuridad, recuerdo sus últimas lágrimas, la promesa del reencuentro, un "ciao" por despedida, dos espaldas enfrentándose sin titubear y cuatro pies caminar en parejas, en sentido opuesto, una de la otra.

Se ha dicho que cada respiro es un paso hacia el final, se ha dicho que sólo se vive una vez, se ha dicho que hay que ser bueno para ganarse un espacio en el paraíso. Nada de esto ha importado para mi más que el vivir en rozaduras de unas piernas desvestidas debajo de las cobijas; ni el paso hacia el final, ni la única vida, ni el espacio en el paraíso son razones suficientes para pensar que todo tiene un sentido, al menos un sentido mayor que la muerte que se siente cuando una persona padece de tantos laberintos en el alma. Laberintos que solamente encuentran su salida en el desastre.

Le conocí en un espacio del miedo, completamente perdido entre rostros sin nombre, entre calles sin rumbo. Le conocí por accidente cuando más le necesitaba, cuando las tinieblas eran un interminable estado mientras tenía los ojos abiertos, le conocí por razones divinas de un dios que no conozco, y cada despedida es volver a conocerle y conocerme despojado de agallas para afrontar los vientos polares del olvido.

Solamente se han quedado espacios vacíos entre los dedos, besos perdidos entre las comisuras de mis labios. Ningún dolor, solamente nostalgia en los vasos de los que bebimos, sombras muertas en el sol que alumbra el patio.


jueves, 16 de enero de 2014

La premonición

Estoy parado en esta terminal en la que aún no estoy. Viendo hangares, viendo rostros blancos, irreconocibles. Estoy parado y me veo desde lejos, viento hacia el frente. Un maletín, un traje desgastado, impaciente, cerrando los ojos y moviendo los labios sin pronunciar palabra alguna.

En esta puerta en la que llegan esos grandes aviones provenientes de tierras que desconozco, un sitio que se crea con impersonalidades, con falta de estancia, con fluidez obligada, despidos y bienvenidas.

Estoy aquí parado, me veo desde lejos, no me he peinado, mi traje está arrugado y ligeramente sucio. Parece que doy pequeños saltos, me muevo de lado a lado, impaciente.

Esta historia es la espera.

Estoy girando en círculos, ansioso de encontrarme con un sueño, con un sueño dentro del sueño, dentro de la terminal en la que aún no estoy, viendo futuros que no existen, proyectando realidades falsas, preguntándome si el día en que el futuro nos alcance, será así.

Sigo parado y hay tantas corrientes de personas, flujo interminable de entes sin rostro.

Te veo.

El sueño se derrite, me vuelvo plasma, me fundo con los colores de una impresión disipada por nuestra piel. Me entrego al destino de tu fantasma. Sé que te espero y que te seguiré esperando más tiempo, pero ya te siento.

Vuelves a existir en mi y ahí vas a estar.


Despierto y la luz no es tan cálida, configuro los esquemas de mis sueños para saberte premonición y futuro. Es todo silencio y espera. Todo es un puto momento.

Todo para mi es esta terminal y me pregunto, ¿estarás allí?



jueves, 2 de enero de 2014

Sobre el verdadero amor

Hace unas semanas, mientras dormía, sentí mucho calor sobre mi cuerpo, sudaba y tiraba lágrimas sobre la almohada. Finalmente abrí los ojos y la vi, flotar sobre mi con su vestido negro, con su rostro blanco, blanquísimo, y unas cuencas donde no se asomaba más que oscuridad.

De inmediato le pregunté qué era lo que le hacía estar aquí de nuevo, ella sonrió y sin abrir la boca pude escuchar sus palabras en mi cabeza, diciéndome que yo sabía porque había regresado. Puto miedo, la soledad había vuelto y yo sabía por qué, aunque nada perdía haciéndome el tonto al preguntarle.

Ella me dijo que no entendía mi sorpresa si desde mi nacimiento ha estado presente, la soledad me dijo que solamente había vuelto a casa.

Sin saber realmente a qué se refería volví a cerrar los ojos. La cama se movió tan fuerte que estuve a punto de caer al piso. Reaccioné inmediatamente, me paré y corrí a la puerta de mi habitación, la puerta cerró de golpe y puse mi espalda contra ella, volteé a mi alrededor y sin entender qué pasaba grité: -¡No me llevarás de nuevo, lo que existe aquí es lo único que tengo y tengo poco, así que lárgate hija de puta, y no vuelvas más!-

Los diez minutos siguientes escuché carcajadas, salían de los cajones, por debajo de la cama, entre los zapatos, entraban por las ventanas. Carcajadas tan fuertes que me hicieron sentir derrotado, sabía lo que se avecinaba, sabía que no podía esconderme de ella.

Salí corriendo de casa, corrí hasta que mis pulmones pretendían colapsarse, me detuve, creo que eran alrededor de las cuatro de la madrugada. Apoyé mi espalda sobre un árbol y me dejé caer al suelo, estaba en un parque, llorando, temblando, muriendo de miedo.

Escuche crujir las ramas del árbol y cuando miré hacia arriba la vi, estaba sentada sobre este árbol, sonriendo, pidiéndome perdón.

Bajó y sin decir nada más, me abrazó y me dijo que yo sabía que era necesario su regreso, que solamente ella podía amarme con locura. Abracé a mi soledad a un lado de aquél árbol, le dije que era cierto, que solamente entre nosotros podía existir el verdadero amor.

Sobre la desesperación.

La desesperación como camino, la desesperación como condición y condena. La desesperación es una puta de mil cabezas, es ponerse de frente y de rodillas ante un bosque muerto, es acercarse con los ojos vendados a la orilla, es como bañarse en gasolina y jugar con fuego.

La desesperación coexiste con la desesperanza y juegan como amantes, es tener navajas por dedos e intentar pintar un retrato, es dormir sobre la nada.

Es volver a armar los corazones rotos, es tirarse al vacío y recitar un poema en la caída.

Es la prisa por ser eterno.

El infeliz con mayor suerte



Si los besos fueran diamantes, yo encontré el más valioso sin buscarlo.

Maravilloso destino repleto de desconocidos, de conversaciones superficiales y algunas otras bastante aburridas, cerveza insípida y la peor elección de música, es lo que hoy suena un paraíso prometido solamente por unos días, gloriosa fortuna ser el pie que hace tropezar al azar.

Me encuentro a este par de chicas, extranjeras, joviales, disfrutando unas lindas vacaciones en mi país, mientras que yo internamente ardo de nostalgia, reflexiones abrumadoras y existencialismo estúpido, inducido por los últimos libros que había leído.

Al no tener absolutamente nada que perder, me acerco y de ahí en adelante todo pasó deprisa.

¿Qué sujeto tan infeliz va a un bar solo sin razón alguna?

El infeliz con mayor suerte.